martes, 19 de septiembre de 2017

El poder de un favorito, el cardenal de Richelieu

"No tengo más enemigos que los del Estado". Richelieu justificó así su implacable represión de revueltas y conjuras durante su gobierno, necesaria para afirmar la autoridad de la corona

"El hombre rojo". Así se llamó en el siglo XIX al cardenal de Richelieu. Con ello se hacía referencia no sólo a su púrpura de cardenal, sino también a su fama de gobernante implacable, que no dudó en hacer correr la sangre para castigar a rebeldes y conspiradores. Alexandre Dumas, en Los tres mosqueteros, lo presenta altivo y rencoroso, pensando siempre en enemigos reales o imaginarios, y dueño absoluto de la voluntad del soberano, Luis XIII.
Naturalmente, sería injusto reducir la figura deRichelieu a esta imagen. Ni sus enemigos podían negar su inteligencia y capacidad política y el aire de dignidad que ponía en todas sus acciones. Uno de estos adversarios decía en 1635, tras una audiencia con el cardenal: "Hay que reconocer la verdad, este hombre tiene grandes cualidades, un aire elevado y de gran señor, una facilidad de hablar maravillosa, una mente aguda y ágil, una conducta noble, una habilidad inconcebible para tratar los asuntos, y una gracia en todo lo que hace o dice que encandila a todo el mundo".
Su religiosidad era sincera y exigente, no una simple cobertura de su ambición. A lo largo de su gobierno, de 1624 a 1642, desarrolló una gran obra política, que abarcó múltiples aspectos: reformas judiciales y administrativas, decisivas para la centralización del Estado; desarrollo del comercio exterior; o bien el impulso de la cultura francesa, que culminó con la fundación de la Academia en 1635.
Desarrolló una gran obra política que abarcó múltiples reformas decisivas para la centralización del Estado
Pero su fama de dureza, incluso de crueldad, no fue tampoco una invención de los autores románticos. Prisión, exilios, ejecuciones públicas, revueltas duramente reprimidas, marcaron sus años de gobierno. Para el cardenal, todo ello tenía una justificación: imponer la autoridad suprema del monarca en todo el país, hacer del rey de Francia un soberano de verdad, al que todos sus súbditos debían obedecer. Eran muchos los que en su época deseaban una política de ese tipo, que terminara con decenios de guerras civiles y revueltas crónicas y devolviera a la monarquía su prestigio internacional. Pero los métodos expeditivos de Richelieu crearon un profundo resentimiento e hicieron pensar a muchos que lo único que buscaba el primer ministro era incrementar su poder despótico y satisfacer una desmedida ambición de mando.

Ascenso en la corte

Richelieu procedía de una familia de la nobleza media de Poitou, los Duplessis. Su padre había empezado a prosperar mediante el favor de los reyes, pero murió prematuramente, dejando a su esposa en una situación apurada. Armand no olvidaría nunca las dificultades de su infancia. Su voluntad de ascender en la corte fue para él una forma de dar a su familia el prestigio y la riqueza que creía que les correspondía, igualándola con las casas nobles más encopetadas del reino. Riquezas, títulos y enlaces matrimoniales sirvieron todos a ese objetivo, coronado en 1631 con la obtención del título de "duque-par", el máximo al que podía aspirar. Muchos, claro está, no le perdonaron este ascenso meteórico y no dejaron de recordarle sus orígenes humildes.
En esta voluntad de medrar, su condición eclesiástica, lejos de ser un obstáculo, le allanó el camino. Terminadas las grandes guerras de religión del siglo XVI, en Francia se estaba imponiendo la Contrarreforma, un gran esfuerzo de relanzamiento del catolicismo en todos los órdenes: catecismo, disciplina del clero, órdenes religiosas, conversión de los protestantes... La regencia de María de Médicis, instaurada tras el asesinato de Enrique IV en 1610 y durante la minoría de edad de su hijo Luis XIII, favoreció decididamente esta política.
Nombrado obispo con apenas veinte años, Richelieu se ganó fama de clérigo riguroso y dedicado a sus feligreses, hasta el punto de vivir durante unos años en la pequeña diócesis de Luçon. Pero no por ello olvidó su objetivo último, el ascenso en la corte. La oportunidad le llegó en 1615, cuando pronunció el discurso de clausura de los Estados Generales (equivalente de las Cortes de Castilla o Aragón). Su claridad de ideas, su energía y su porte personal causaron impresión. Poco después la regente le ofreció un cargo en la corte.
Richelieu aparecía como un hombre de la regente, integrado en el partido que apoyaba su política de alianza con el Papado y con España
En esa fase inicial Richelieu aparecía como un hombre de la regente, integrado en el partido que apoyaba su política de alianza con el Papado y con España. Frente a él estaba el partido agrupado en torno al soberano, Luis XIII, al que se había declarado mayor de edad en 1615, y que durante largo tiempo vio a Richelieu con mucho recelo. En los siguientes nueve años Richelieu pudo conocer a fondo los entresijos de la política cortesana, sus intrigas y sus vaivenes. Nombrado ministro en 1617 (aunque en función meramente consultiva), dos años después cayó en desgracia junto a su protectora, enfrentada al favorito de turno del joven rey. La experiencia le sirvió a Richelieu para medir las nefastas consecuencias de la lucha de facciones y lo precario del favor real.

Traición a su protectora

Una reconciliación entre el rey y la reina madre permitió su retorno a la corte. Cada vez más influyente, en 1622 fue nombrado cardenal, y dos años después entraba de nuevo en el gobierno, esta vez como ministro efectivo, aunque en un primer momento no era aún la figura dominante. Pero su inteligencia y su energía acabaron ganándole la confianza de Luis XIII, que comprendió que el cardenal era el único que podía garantizarle lo que de verdad le interesaba: la gloria de restablecer la monarquía francesa como potencia hegemónica de Europa. Así se lo demostró la actuación de Richelieu en las primeras grandes crisis internacionales que se presentaron, resueltas de forma favorable a los intereses de Francia: Valtelina, La Rochela, Mantua...
El cardenal era el único que podía garantizarle lo que de verdad le interesaba: la gloria de restablecer la hegemonía la monarquía francesa
La consagración de su dominio llegó en 1630, en un episodio muy conocido de la historia francesa: la Jornada de los Engaños. La reina madre, viendo que su antiguo servidor se mostraba cada vez más independiente, decidió hacer un último esfuerzo para recuperar la confianza del rey, su hijo. El 10 de noviembre por la mañana, tuvo una entrevista en el palacio del Luxemburgo con Luis, en la que le pidió la destitución de Richelieu. El cardenal, introduciéndose en palacio por un pasillo secreto, hizo irrupción en medio de la entrevista y, viendo el peligro que corría, no dudó en humillarse pidiendo perdón a la reina y dándole seguridades de su fidelidad. El rey, incómodo por la escena, abandonó la sala mientras la reina abrumaba al cardenal con toda clase de improperios.
Richelieu creyó que había perdido el poder y preparó incluso su retirada, que los embajadores extranjeros daban por segura. Pero unas horas después recibió un aviso del rey para que fuera a visitarlo a Versalles (entonces un simple pabellón de caza). Allí, Luis le ratificó su confianza y ordenó a su madre que se retirara de la corte. María de Médicis había perdido definitivamente la partida, y un año después marcharía al extranjero para no volver a ver a su hijo. Hasta su muerte no dejaría de denunciar la ingratitud de su antiguo protegido.
La rivalidad de María de Médicis no fue la única a la que tuvo que hacer frente Richelieu. Estaba también el hermano pequeño de Luis XIII, Gastón, que se sentía privado por el primer ministro del puesto de privilegio que, en su opinión, le correspondía por nacimiento.Y junto a Gastón estaban los otros grandes aristócratas, "príncipes de la sangre" y grandes señores. Todos ellos estaban acostumbrados a campar a sus anchas por la corte, a comportarse como soberanos en sus propios dominios, y a conspirar y rebelarse cuando les parecía oportuno. Llevaban siglos actuando así. Pero ahora se encontraban con un ministro dispuesto a impedírselo.
Richelieu estaba dispuesto a impedir que los grandes aristócratas de palacio siguieran campando a sus anchas
Para Richelieu, la indisciplina y las continuas conjuras y revueltas de la aristocracia contra la monarquía eran la causa del debilitamiento de la monarquía, dentro y fuera de sus fronteras. Había que poner coto a esa situación, recurriendo a todos los medios necesarios. El primer ministro fue lo bastante hábil como para ganarse la fidelidad de algunas de los linajes más importantes del país, como los Condé. Pero frente a los demás decidió aplicar una política de escarmientos y mano dura.

Nobles en el patíbulo

El primer ejemplo de su firmeza llegó en 1626, con el affaire Chalais, una clásica conspiración cortesana motivada por un plan de matrimonio impuesto a Gastón de Orleáns. Una vez descubierta, Richelieu, en vez de echar tierra sobre el asunto, instó a un castigo ejemplar: la ejecución pública de un gentilhombre de familia ilustre, el conde de Chalais, y la prisión de otros implicados, varios de los cuales murieron en la cárcel.
Los jueces comisionados por el cardenal empezaron a aplicar sin contemplaciones la acusación de "lesa majestad", por la que cualquier sublevación contra la autoridad del rey se consideraba como un ataque contra su persona, y por tanto se castigaba con la pena capital. Un año después otro noble de alcurnia, François de Montmorency-Bouteville, fue ejecutado en París por haberse batido en duelo en pleno día, desafiando la prohibición contra los duelos que Luis XIII acababa de decretar.
Las grandes familias del reino suplicaron clemencia al rey y a Richelieu, pero ambos se mostraron inexorables, y Montmorency fue decapitado en Toulouse
El momento culminante en el enfrentamiento de Richelieu con la alta aristocracia llegó en 1632, con la ejecución del duque de Montmorency. Miembro de una de las familias más antiguas de Francia –a su lado, los Duplessis eran unos advenedizos–, Enrique de Montmorency, que ejercía el cargo de gobernador de Languedoc, se dejó arrastrar en un proyecto de insurrección general contra Richelieu liderado por el hermano del rey, Gastón de Orleáns. La revuelta, apoyada con dinero español, no encontró ningún apoyo en el interior, y Montmorency fue capturado por las tropas del rey tras una escaramuza. Todas las grandes familias del reino suplicaron clemencia al rey y a Richelieu, pero ambos se mostraron inexorables, y Montmorency fue decapitado en Toulouse.
La ejecución de Montmorency vino acompañada de una persecución general contra la nobleza conspiradora. La Bastilla se llenó de presos ilustres, a los que por otra parte se trató bastante bien. Otros nobles emigraron a los países vecinos, sobre todo Flandes e Inglaterra. Los que permanecieron en el país se dolían del clima de miedo imperante, que hacía "que apenas se atreva uno a hablar de su propia miseria en su casa y con su familia", como decía uno de ellos; lo único que se escuchaba eran los elogios oficiales a la política del cardenal. Éste mantenía una red de espías y contaba hasta con interrogadores profesionales, como el temido Laffemas.
No por ello cesaron las conjuras, aunque hacia el final del ministerio de Richelieu los que se mostraban más activos eran no tanto los príncipes y grandes nobles como los gentileshombres que vivían en París, embebidos en la ideología de la Roma clásica y que soñaban con remedar el tiranicidio de Julio César. En 1636 hubo una trama para secuestrar y asesinar al cardenal en Amiens, frustrada en el último momento.

La última conjura

En las provincias estallaron sublevaciones de enorme gravedad en protesta por el incremento de los impuestos
Para entonces Francia estaba en guerra abierta con España, una guerra que se desarrolló inicialmente de forma muy desfavorable para los franceses. Las tropas españolas se internaron en el país hasta conquistar Corbie, al norte de París. La capital temió por su suerte durante unas semanas, y las críticas contra la mala dirección de la guerra por Richelieu se redoblaron. En las provincias estallaron sublevaciones de enorme gravedad en protesta por el incremento de los impuestos. En Guyena, en 1637, un ejército rebelde de casi 10.000 hombres puso en jaque a las autoridades durante meses, y dos años después otra rebelión campesina en Normandía hubo de ser reprimida violentamente. Con su característico tesón y sangre fría, Richelieu logró restablecer el orden en el interior y recuperar posiciones en las fronteras.
En 1641 una nueva conspiración nobiliaria, secundada por España, estuvo a punto de lograr su objetivo. La muerte accidental de su cabecilla, el conde de Soissons, volvió a salvar a Richelieu in extremis. Y al año siguiente, apenas unas semanas antes de su muerte, el cardenal desbarató una última conspiración en su contra, tramada esta vez por un joven noble, el marqués de Cinq-Mars, que había tratado de sustituir- lo en la confianza de Luis XIII. Cinq-Mars y uno de sus cómplices, François de Thou, pagaron con la vida su plan.
Y al año siguiente, apenas unas semanas antes de su muerte, el cardenal desbarató una última conspiración en su contra
En 1630 el cardenal afirmaba: "no tengo más enemigos que los del Estado". En su opinión, los que le odiaban y tramaban contra él atentaban contra la monarquía, contra el interés supremo del Estado. La historia, en cierto modo, le dio la razón, pues su política prepararía en el interior el terreno para el triunfo del absolutismo bajo Luis XIV, el hijo de Luis XIII, e inclinaría la balanza internacional a favor de Francia, frente a una debilitada España. Pero todo ello tuvo un precio, el de una antigua tradición de libertad e independencia que quedó sepultada bajo el imperio de la razón de Estado.

Hubo guerreras vikingas: estas pruebas de ADN lo revelan

La primera prueba de que existieron mujeres guerreras vikingas es bastate sólida, pues son nuevas evidencias de ADN descubiertas por investigadores de la Universidad de Uppsala y la Universidad de Estocolmo.
Las evidencias se han hallado en los restos de una tumba icónica de la Edad Vikinga sueca.

ADN vikingo

El estudio se llevó a cabo en una de las tumbas más conocidas de la Edad Vikinga, una tumba de mediados del siglo X en la ciudad vikinga de Birka. La morfología de algunos rasgos esqueléticos ha sugerido desde hace tiempo que era una mujer, y genetistas y arqueólogos han trabajado juntos y han resuelto el misterio. 
El ADN recuperado del esqueleto demuestra que el individuo llevaba dos cromosomas X y ningún cromosoma Y. Según explica Charlotte Hedenstierna-Jonson, de la Universidad de Estocolmo, que dirigió el estudio:
Esta es la primera confirmación formal y genética de una mujer guerrera vikinga. (...) La presencia de un tablero de juego indica que ella era una oficial de las huestes vikingas, alguien que trabajó con la táctica y la estrategia y podría conducir a las tropas en la batalla. Lo que hemos estudiado no era una valquiria de leyenda, sino un líder militar de la vida real, que fue una mujer.

 Hubo guerreras vikingas: estas pruebas de ADN lo revelan
Sergio Parra

ENCUENTRAN UN POBLADO INDIO 10.000 AÑOS MÁS ANTIGUO QUE LAS PIRÁMIDES

Encuentran un poblado indio 10.000 años más antiguo que las pirámides
Los heiltsuk son uno de los pueblos nativos de Canadá. sus leyendas cuentan que sus antepasados lograron sobrevivir en una zona del país que no se congeló durante la Edad de Hielo. y, ahora, arqueólogos de la Universidad Victoria han descubierto las pruebas que confirman dicha historia.
Los investigadores han descubierto en la isla de Triquet, situada en la costa oeste de Canadá, los restos de un poblado indígena cuya antigüedad es diez mil años superior a la de las pirámides. Se da además el caso de que está situada en una zona que, gracias a un peculiar microclima, no quedó totalmente congelada durante la última gran glaciación.
Los heiltsuk fueron grandes marinos, que cazaban focas y ballenas para sobrevivir. Los investigadores creen que la teoría de que estos nativos llegaron a América procedentes de Asia caminando a través del hielo en el Estrecho de Bering, no se sostiene. Ellos sostienen la hipótesis de que lo hicieron navegando en grandes canoas.

Descartes, padre de la filosofía moderna

Retrato de Descartes pintado por Frans Hals
Es considerado unánimemente como el fundador de la filosofía moderna, independientemente de sus grandes aportaciones a las matemáticas y a la física. René Descartes afirmaba que el sujeto pensante puede dudar de todo menos de que está pensando. Al situar la verdad en la propia mente del individuo, el filósofo abrió las puertas al subjetivismo. También señaló que la naturaleza carece de propiedades y sentido propio. Su destino es el de ser utilizada en provecho del hombre. De ahí su defensa de la filosofía práctica, cuyo fin es convertirnos en dueños y señores de la naturaleza, como proclama su gran obra, Discurso del método.

Ruptura con Santo Tomás. Sin duda, fue el profeta del desarrollo tecnológico y el que anunció de alguna forma el advenimiento de la Revolución Industrial y la consiguiente explotación de la naturaleza, que tuvo su máxima expresión en el colonialismo europeo. En el Discurso del método, el filósofo arremetió también contra la escolástica que se enseñaba en las universidades, lo que equivalía a romper con el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, hasta entonces una personalidad intocable en el mundo académico.

Proceso matemático. El objetivo de su pensamiento era tratar de desterrar el silogismo aristotélico empleado durante toda la Edad Media. Descartes sabía que eso podía acarrearle problemas similares a los que tuvo Galileo con la Iglesia cuando apoyó la teoría heliocéntrica de Copérnico, que establecía que la Tierra y los demás planetas giraban alrededor del Sol. En un intento para evitar ser anatemizado, el filósofo camufló parcialmente la novedad de sus ideas, que a la postre supondrían una verdadera revolución para la teología y la filosofía.    

Mente y cuerpo, divididos. Lo esencial de su pensamiento es que centra la base del conocimiento en la “cosa pensante” o “res cogitans”, una idea que se plasma en su famosa frase “pienso, luego existo”. Postuló que mente y cuerpo son las dos sustancias de las que se compone el mundo. Por lo que se refiere a la idea de Dios, el filósofo afirmó que el simple hecho de pensar en su existencia es la prueba de que existe. Descartes redujo la verdad sobre la ciencia y el hombre a dos conceptos básicos: razón y cálculo. Pero fue incapaz de desarrollar un método capaz de comprender al hombre como una totalidad.  

Orden y método. Descartes establece unas reglas que no se deben abandonar. Una es el llamado precepto de la evidencia, que consiste en no admitir nunca algo como verdadero si no hay constancia de ello. Otra es el precepto del análisis, que establece dividir las dificultades que tengamos en tantas partes como sea preciso para solucionarlas mejor. Otra regla es el denominado precepto de la síntesis, que ordena nuestros pensamientos, apoyándonos en la solución de las cosas más simples hasta resolver los problemas más complejos. Y por último, el precepto del control, que consiste en revisar nuestro pensamiento constantemente para estar seguros de no haber omitido nada. Descartes fue considerado el pensador de la duda porque afirmaba que en una investigación uno no debe dar por verdadero aquello de lo que pudiera dudarse racionalmente.

 

El agitado final del filósofo


Nació en 1596, en La Haye en Touraine, actual Descartes (Francia), en el seno de una familia de políticos. Aprendió física, escolástica y filosofía. En París se rodeó de un grupo de amigos que alababan su capacidad intelectual.
En 1649, el filósofo aceptó la invitación de le reina Cristina de Suecia a visitar su corte, pero el gélido invierno de Estocolmo le provocó una fatal neumonía que acabó con su vida meses después.

En 1676 se exhumaron los restos del filósofo francés del cementerio de Estocolmo y se trasladaron a París, donde fueron enterrados en una iglesia. Durante la Revolución francesa, los huesos de Descartes fueron llevados al Panteón de París. Pero su descanso eterno iba a ser corto. En 1819 sus restos fueron movidos de nuevo para ubicarlos en la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, donde por fin pudieron encontrar reposo.
En 1980, el historiador alemán Eike Pies afirmó que el fallecimiento del filósofo se debió a envenenamiento con arsénico. ¿Fue asesinado? De momento, el misterio no ha sido resuelto.

DESCUBREN EL ORIGEN GRÁFICO MÁS ANTIGUO DEL NÚMERO CERO

Descubren el origen gráfico más antiguo del número cero
El manuscrito Bakshali ha sido considerado hasta ahora como el documento matemático más antiguo donde se veía  claramente el origen del número cero tal y como se usa ahora. Cierto es que en este libro de 70 páginas escritas sobre hojas de corteza de abedul, el símbolo no tiene el agujero central, pero el significado pretendía significar lo mismo. De hecho, hay un problema matemático en estas páginas cuya solución es el punto en cuestión (el cero). Con el paso de los años, ese cero cerrado evolucionó en la India hasta el que usamos en la actualidad.
Pero, ¿cuál es el origen más lejano escrito de este símbolo? Según varios investigadores que habían tratado este documento, se creía que podría datar entre el siglo VIII y XII, pero gracias a una nueva prueba de carbono se ha logrado situar el manuscrito entre el 224 d.C y el 383 d.C. Por lo tanto, supondría que el origen del uso del cero estaría situado más atrás en el tiempo, un hallazgo de vital importancia para la historia de las matemáticas.
El manuscrito se encuentra en la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford  desde 1902, después de haber sido encontrado por un agricultor en un pueblo llamado Bakshali en 1881. Durante más de 100 años, los estudiantes investigadores habían tratado de identificar una fecha más concreta, pero el tipo de material con el que estaba hecho les confundía. Pero gracias a esta última prueba se concreta más aún la fecha real del origen más temprano de este símbolo. 
Fuente: BBC por alberto Pascual